El ambiente de la charla había cambiado cuando empezó a llover, y decidí dejar la máquina un segundo para ir hasta el quiosco. Salí apurada y a los saltos esquivando charcos. Al regresar cambié de nick: entré como “mojada”.
Él saludó con un guiño y, a diferencia de los demás, no insinuó nada al respecto de la ambigüedad del nick. Astutamente comentó algo acerca de la lluvia que, seguramente, lo había producido. Me pregunté si era alguien con quien había estado hablando antes pero, a medida que se desarrollaba el chat, supe que no: no me estaba aburriendo. Decidí descalzarme y se lo comenté. Preguntó acerca del color de mi ropa y caí en la cuenta del blanco que dejaba transparentar mis senos; me había duchado horas antes pensando en ir a la cama y no llevaba corpiño. Ese comentario acentuó el matiz de la conversación inmediatamente: ofreció sus manos para tapar la imprudencia y me sedujo irremediablemente.
Me entregué por completo al juego sintiéndome todo el tiempo en las manos de un experto explorador de la anatomía femenina. Sabía dónde sugerir que rozara con mi mano mi propio cuerpo, dónde ejercer suave presión y dónde friccionar firmemente.
Con creciente excitación contestaba, proponía y me iba atreviendo a guiarlo, de a poco, a que se tocara de acuerdo con mi relato. La sincronicidad con que nuestras palabras expresaban lo que íbamos sintiendo, la manera en que los latidos de mi sexo imprimían fuego en sangre y su erección alcanzaba la consistencia necesaria para penetrar parecían estar conectadas al unísono, tal como si estuviéramos en algún sitio frente a frente, cuerpo a cuerpo, gemido a gemido… vapor.
A medida que iba describiendo cómo me sostenía las nalgas y me penetraba de golpe, tuve mi primer orgasmo, mordiéndome los labios para no gemir sonoramente, los demás en la casa estaban durmiendo y no quería ser molestada por ninguno de ellos.
Relajada, le comenté lo que había provocado en mí y sugirió dar más realidad a todo. Estaba tremendamente excitada y mi piel tenía sed de su piel; a estas alturas de las circunstancias no reparé en riesgos, no me importaba nada. Dije que sí y le dí mi número de teléfono.
A tropezones corrí a atender cuando el primer ring sonó. El dolor del golpe en el pie, lejos de distraerme, fue el preludio de la conversación. Su voz entrecortada describía cómo su boca iba subiendo desde el pie a la cara interna de mis muslos, y yo iba haciendo el recorrido con mis dedos aún humedecidos. Supo detener la llegada de la lengua al clítoris durante el tiempo suficiente como para que, ni bien dijo lamerlo, yo mordiera un almohadón del sofá para ahogar el grito. Él, a su vez, se acariciaba al son de mis gemidos, sonidos guturales que trataban de explicar cómo mi lengua recorría el largo de su pene tras haberse detenido en sus testículos y ano. Le sugerí mojar sus dedos con saliva, sabía que el contacto de ellos con la cavidad de la boca le proporcionaría las sensaciones que deseaba darle a pesar de la desesperante distancia; se lo hice saber al tiempo en que él introducía sus dedos en la boca mientras se masturbaba con la otra mano.
Cuando oí que su respiración anunciaba el inminente orgasmo, entrecerré los ojos para imaginar lo que, sabía, estaba sucediendo. El latido de las venas de su pene erecto y mojado, brillante, la tensión de los músculos abdominales y de las piernas, luego los latidos intensos que denotan la salida del esperma, y cómo deseé estar allí para tragarlo y, succionarlo y lamer todo vestigio. Lo deseé tanto que terminé por tercera vez.
Tras reponernos, quedamos en vivir esto personalmente a la brevedad (ASAP). Asentí a pesar de que no sabía cómo era su rostro siquiera, él tampoco sabía cómo yo me veía de todas maneras.
Nos encontramos en un bar fácil de reconocer en la ciudad que nos quedaba de camino a ambos. Verlo fue sorpresivo y abrumador: me había entregado a un hombre que no conocía y del que sabía detalles de historia personal que suele costar contar a quienes nos rodean.
No fue fácil al comienzo. Él tartamudeaba y eso me hacía sentir mal y me ponía agresiva. Supo sobrellevar el peso de la charla y ofreció caminar un poco, me pareció perfecto. Me encargué de pagar la cuenta y eso pareció molestarle. Al salir, quiso darme el dinero y, ante mi caprichosa negativa, intentó ponerlo dentro de la mochila que yo llevaba sobre la espalda. El forcejeo para evitar que lo hiciera logró que rompiéramos el hielo y que sintiera el roce de su erección en mi culo al tiempo en que él me giraba para besarme. Cuando cerré los ojos para sentir su beso, todo lo que había pasado aquella noche intensificó las sensaciones que la realidad me ofrecía y me mojé.
La noche nos cubría apenas ante los ojos de los demás cuando caminábamos tocándonos, rozándonos, lamiéndonos, jugando; hasta llegar a un cuarto de hotel.
Nos desvestimos mutuamente mientras el ascensor nos dejaba en la noche más maravillosa que recuerdo y, a pesar de que no nos hemos vuelto a ver ni encontrar por la red, lo que descubrí gracias a ese hombre me ha venido sirviendo para mejorar la calidad de mi sexualidad en todo momento.
Córdoba Capital, 1996
