El aprendiz de Glenn Close

Carina Acosta | March 19, 2007 | 19:49

(o menos mal que no me compré un gatito blanco)

La primera vez que nos besamos pensé ¿qué edad tenía este chico? Sus besos se parecían a los que recordaba de la secundaria, primeros años, sin lengua y tipo piquito abierto. He de reconocer que causó sorpresa, dado que abrir los ojos y ver a un señor mayor me provocó ese efecto. Aliviando mi conciencia de estar aprovechándome de un niño pequeño. Según las leyes de Murphy: todo aquello que empieza mal termina peor. Y pude constatarlo dado que, tras eso y unas torpes caricias que masajearon (y amasaron) mis mejillas, los nervios de su primera vez (conmigo, quiero decir) lograron que sus excusas por la falta de erección lograran la frustración que la falta misma podría, según él, haber provocado. Yo pensaba si es que en verdad me estaba pasando esto con un ‘experimentado caballero que peina canas’ o en realidad me lo estaba imaginando. Así fue que, simulando una picazón mordí firmemente mi dedo índice. Dolió. Estaba pasando, yo estaba despierta.
Inmediatamente dije que sí a todo, quería salir urgentemente de la situación antes que comenzara a llorar en medio de hipos de argumentos decidí que si no arrancaba el motor del coche saldría corriendo como loca de esa escarpada situación.
Mientras él se explayaba en lo diferente que era a los demás de su generación (??) dado que no era machista, ni posesivo, ni celoso; yo me veía sentada, de piernas cruzadas, con gafas y actitud de psicóloga pensando: ajam… ¿y eso qué le sugiere?
No es que haya tenido muchas experiencias al respecto, menos aún que sea psicoterapeuta. Pero convengamos: no aclares que oscurece. ¿¿Qué necesidad había de apasionarse tanto con un discurso de esa índole?!

Pues, si la psicología dice algo al respecto, no se equivocó; por lo menos en este caso.
Convengamos, no me dijo qué ropa debía vestir, no directamente; ahora cada vez que mis tacones lo dejaban mucho más bajo que yo, algún comentarito, chistecillo, detallecito había. Tampoco dijo nada de mis salidas o amistades, tan solo el detalle de que ante la visita de un amigo sugirió ‘abrirse’ para que yo viviera lo que deseara dejando por sentado anticipadamente que ¡él sabía que ese chico italiano no era competencia!. Nunca me ató a la pata de la cama, suavemente me llamaba a las 12 de la noche, insistía en que almorcemos en mi horario de comidas del trabajo e inclusive comentó que mi jefe tenía ‘otras intenciones’ cuando me regaló flores (a mí y al grupo de trabajo) por el buen desempeño logrado en una negociación…¡Para nada machista!¡Cero posesividad!
Cómo no pude valorar que todos esos interrogatorios acerca de lo que había estado haciendo con mirada punzante eran solo un detalle de afecto devenido de la sana y sencilla postura natural de un hombre superado. Pero… ¡qué ilusa que fui!
El detalle de que al comentarle que un amigo me traería un CD grabado con su propia música NO FUE, de ninguna manera, el detonante de su CD regalado. Tampoco el hecho de comentar que viajaba mucho con mi pareja anterior detonó la seguidilla de viajes que no me daban tiempo a reponer mis asentaderas del anterior. Recuerdo que mi primer pensamiento cuando dije: necesito un tiempo, fue internarme en lo de una quiropráctica.

Era un hombre de palabra. Si. Consideraba que las mujeres cuando decían que no querían decir sí su no machismo así lo aseguraba.

Recuerdo que me afirmó seria y ceremoniosamente, que nunca dejaríaa su esposa. Por más que con ella no tenía sexo, ni se llevaba bien, ni hablaba. Me pareció una buena manera de llevar el masoquismo, así que me abstuve de hacer comentario alguno a su decisión. Simplemente quería tener una charla mientras tomaba un café y pasarla bien un rato. Nada más. Todo lo demás que trajo a colación era pura fantasía suya. Supuse que padecía de alguna otra enfermedad (además de masoquismo crónico, sangrado de nariz y artritis) que le hacían actuar de esa manera.
¿Qué medicamento estás tomando para lo de la artritis? Pregunté. Tal vez había algo que provocaba alucinaciones, pero sólo eran antibiótios básicamente.
Lo que me pareció un poco excesivo fue cuando regresó al segundo día de sus vacaciones familiares contándome que había dejado no sólo a su mujer, sino también a sus dos hijas. Claro que no se lo creí. No tenía interés en él como compañero de vida, de todas maneras me quedé cerca por las dudas fuera verdad y estuviera padeciendo seriamente de locura.

Su sexualidad era escasa. De hecho la vez que más lo sentí tenía yo un tampón puesto. De todas maneras nunca perdió el ingrediente de sorpresa. Cuando no le sangraba la nariz, la posición le hacía doler la rodilla. Cuando la rodilla iba bien me tapaba la boca con besos impidiéndome respirar, o me goteaba en el ojo abierto la transpiración. Sugerí ir arriba, pero no. Su no machismo no permitía que la mujer trabaje.

La primera vez que corté la relación supuse que no lo había entendido. Hacía dos semanas que le hablaba de necesitar un tiempo y parecía no entenderlo. No tuve otra opción, ni decisión ante la falta de comunicación, que decirle que terminábamos. Satisfecha con mi nuevo espacio de libertad me encontré asediada por insistentes llamados, mensajes en mi móvil y por emails. Creo que para evitar un mal mayor retomé la relación tras explicar algo acerca de mis tiempos.
Dijo entenderlo y actuaba como desesperado cada vez que nos veíamos. Sus parodias de Norma Aleandro hizo que decidiera apodarlo así. Hasta que se ganó el apodo de Glenn Close.
La segunda vez yo ya no daba más, sus idas y venidas del amor al odio me desgastaron demasiado. Dijo entender la situación y, tranquilamente, me pidió una cita para conversar el tema. Debí haber supuesto qué era lo que significaba conversar en su idioma. Pero con esto del desgaste no lo pensé. Tras un par de vueltas me enteré de que él esperaba una cita de reconciliación con mimos besos y llanto. Oia, ¿y la charla? Em, me debió haber quedado en otro sitio, pensé mientras lo veía alejarse ofuscado y vociferando acerca de mi maldad. Dí otra oportunidad a la relació con la esperanza de mejoras en algo. No quería sentirme tan estúpida, lo confieso.
Pero… Leyes de Murphy.
Llegamos al título de Glenn Close que llegó a la tercera, la vencida. Como no quería asedio, aproveché primero una situació en la que se comportaba como un padre sobre protector y lo convencí de que estaba extrañando a sus hijas. Contaba con sacármeelo de encima mínimamente fin de semana de por medio. ¡Sorpresa! Fueron más días y durante la semana. Pero el tema de los no celos y la no posesividad me dejaban muy solita. Entonces el caballero venía una hora y media a casa, se cercioraba de que me fuera a la cama y luego regresaba a donde estaban sus hijas. Pensé ¿habrá regresado con su mujer? con esperanza. Pero se instaló en casa el fin de semana. Por suerte el domingo cometió por 3º vez un error que le había dicho que no me gustaba. Así fue como tuve la excusa ideal.
Le expliqué que creía que él deseaba terminar la relación y no se animaba. Le propuse ser amigos y tras un tire y afloje conseguí que estuviera de acuerdo conmigo. No contaba con que hacia el miércoles comenzaran los llamados, que no atendí ni los mensajes. ¡Menos aún esperé que se apareciera por mi casa! Bajo amenaza de denuncia logré que se calmara.
Un día en que estaba conmovida por un mensaje de una amiga me dije: fui mala con este tipo, démosle una caricia. Y le agradecí la experiencia compartida. ¡Para qué! Quiso sus derechos nuevamente y no me quedó más remedio que decirle que verlo me dañaba (tu imagen daña mi retina. Es que mi oculista me ha dicho que tengo que ver cosas más sanas) y hacer una parodia de las suyas, melodramática, a fines de lograr el hartazgo que me había producido en mí.
Reconozco que en cierta medida logré espantarlo con preguntas en casa, también con un avance heridor de ‘no’ machistas. Y dio resultado.
¿A qué viniste? Logró que soltara de una buena vez mi pié que insistía en masajear.
¿Te vas a quedar a garchar? Fue una pregunta que hizo que saltara de un brinco del sofá.
¿Por qué me invitas un viaje? Hizo que se pusiera de pie para marcharse.
¿Por qué querés pasar tiempo conmigo? Hizo que comentara que le dejara un mensaje al otro día.
Creo que el broche final lo puso un asentimiento de mi parte.
Me até las manos, por más emotiva que me encuentre ¡no más mensajes a este loco! Por más culpable que me sienta, no más aceptar verlo. Nada de eso.

Málaga, 2004

If you enjoyed this post, make sure you subscribe to my RSS feed!

Leave a comment

You must be logged in to post a comment