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UNO

“Las respuestas tienen esa característica obvia

de aparecer cuando se hace la pregunta adecuada.

Si preguntás: ¿qué hora es? sería MUY raro

que alguien te diga su nombre.”

(Anata Nakami, tras leer sobre PNL)

En el silencio de la sala, que compartíamos los seis, había una energía palpable. Vibrante. Activa. La meditación comenzaba en pocos minutos, todos aguardábamos el momento realizando alguna actividad sedentaria. Clarisa y Mara cuchicheaban en la penumbra, Claudio permanecía incrustado en sus jeans algo apretados para su gusto, como nos había comentado, Camila, a mi izquierda, canturreaba susurrante mientras nos mirábamos cada tanto, y Hugo, a mi diestra, trabata de concretar algún pensamiento sobre la conversación que habíamos mantenido. Pensaba que etiquetarse en artista o en arte implicaba desmerecer al artista o al arte en sí mismos. También yo había leído a Kierkeggard: si me calificas me niegas, por lo tanto el contexto de su discurso me parecía entendible. A tal punto hube de irritarme por su desvanecida flexibilidad que, cuando llegó Ezequiel con la música al fin hallada, hube de hacer el esfuerzo de sosegar mi temperamento. Nos miré: todos estábamos dispuestos al momento.

A Clarisa y Mara nos las había visto sino en este día, aunque hube de recordar que se me había hablado de una de ellas. Mismo de Hugo y de Camila. Claudio y Ezequiel me eran conocidos por estas cosas de la amistad. A quien no había conocido tanto era a mi misma, pero estaba a punto de hacerlo, en instantes, en 15 minutos para ser más precisa.

Sonaba Loreena McKennit cuando comenzó la meditación. Ezequiel la guiaba, como cada martes por la tarde y cada sábado al medio día, con esa voz particular que suele aparecer en momentos como este. Le conocía otras voces, claro y por supuesto, pero de todas ellas la más adecuada para la guiada era esta: la de la intuición. Me relajé, atrás quedaron las emociones respecto a la charla con Hugo, la piedad por la tristeza en la mirada de Camila, la intriga por Clarisa y Mara, y la sonrisa cómplice respecto a la ropa de Claudio. También quedaba atrás el sentimiento de amistad hacia Ezequiel que daba lugar al maestro que en él habita.

Mientras respiraba tal como se me guiaba a hacerlo (inspirar profundamente por la nariz visualizando energía blanca, exhalar fuertemente por la boca visualizando aquello de lo que queremos deshacernos) fueron apareciendo en mi mente imagenes de mi pasado: un viejo amor inconcluso, un par de cartas no enviadas por decisión y una que otra estela de rencores viejos, inservibles. Tras cada respiración sentía cierta liviandad y, de a poco, comencé a notar fuera de mi piel una energía fresca. Frío, estaba sintiendo un halo de frío alrededor; se me erizaron los pelos.

Ubicamos nuestras manos, una sobre la otra, a la altura del corazón y sentimos la energía que se va acumulando allí; decía Ezequiel. Y vaya si sentí el calorcito dentro del cuerpo, en las manos y en el espacio entre mi cuerpo y las manos. Llevamos las manos en posición de rezo a la altura del entrecejo y sentimos la energía que se acumula allí. Otra vez el calor, idéntico. Allí empezaron las imagenes.

Ví cómo un rayo de luz circulaba dentro y fuera mío: entrecejo, corazón, entrecejo, corazón; y se expandía alrededor. Y me ví por primera vez.

Siempre me he preguntado quién soy. Pregunta que va más allá de nombre, profesión, edad, parentezco, signo del zodiaco, emociones, pensamientos, etc. Pienso al momento de contarles esto que tal vez la verdadera ruta a la respuesta que he tenido ha sido una frase de Ken Wilber (en su libro Gracia y Coraje que disfruté enormemente) con la que he meditado activamente, lo que significa para mí el ponerla en práctica luego de traerla mentalmente en situaciones donde encontraba una resistencia personal: tengo sentimientos pero no soy mis sentimientos, ¿quién soy?; tengo emociones pero no soy mis emociones, ¿quién soy?. Obviamente que a medida que surgían acontecimientos iba agregando otras cosas que tengo pero no soy, tales como un cuerpo, una familia, posesiones, inteligencia, etc. Asimismo recordé el libro Juan Salvador Gaviota que me recordaba, a los veintipico, que preguntas como esta tienen diferentes respuestas a lo largo de la vida. Pienso ahora que tal vez la respuesta que he hallado este martes sea sólo una de tantas y me parece correcto, a medida que evolucionamos las respuestas evolucionan con nosotros; tal vez aferrarme a la respuesta que he tenido sea luego atentar contra el propio crecimiento. Lo sabré a su momento. Ahora he de disfrutar cómo me conocí este martes.

Ví el universo, como un infinito azulino lleno de estrellas(1) de tamaños diferentes, en medio de ello y como parte del mismo a la vez, una figura de energía blanquísima como las estrellas que contenía, como una parte de ese universo. Respiraba sentada al ritmo de ese Universo que veía. Creo hoy que entendí más esa imagen que todas las palabras con que fui describiendo la sensación interna que la provocó. Soy energía contenedora de una parte del Universo y formo parte del Universo que no contengo. Soy Universo contenido y contenedor. Soy.

Me siento lista. Preparada. Entera. Por más sucesos desconcertantes que ocurren, y ocurrieron ese día como diagnosticados para estrenar esa certeza, y en los que participo hay una quietud interna que permanece. La llamo certeza o sabiduría, sin afectaciones en las palabras. Hace un rato cavilaba acerca de la sutileza, o paradoja como le gusta decir a Hugo, de las palabras que se dicen y las interpretaciones que la escuchan. Si bien sería para mí importante ser escuchada puedo ser interpretada. Ambas acciones son halagadoras, hablan de feedback, aunque prefiero lo primero y cada vez que pueda lo seguiré eligiendo.

Hace un par de largos años tuve la oportunidad de experimentar el vacío con el ejercicio de meditación propuesto por Osho en su libro: El Grano de Mostaza. Recuerdo que sentí que era una caña hueca y flexible por la que pasaba energía y que la sensación de vacío me asustó. Me sentí despersonalizada: no soy una vara(2). Aunque la experiencia del martes me lo recordó, cuando empecé a expresar con palabras lo que había sentido cuando meditaba establecí la diferencia que creo crucial. En este caso la energía contenía parte del Universo que es. En el caso anterior la energía pasaba dentro de un tubo que era entonces universo al permitirlo. Considero que son pasos para llegar a lo mismo. De todas maneras la sensación de Vacío me completó.

Con esa paradoja en mente me senté, tras despertar de un sueño reparador, extraño y corto, frente a la PC para tipear algunos textos. Descubrí algo de Tantra en un diskette que no recuerdo haber grabado y quizá no me pertenezca. Allí hallé la palabra “vacuidad” y definitivamente me gustó más que vacío.

Tras la meditación fui invitada a participar de la charla, fuimos, Clarisa también se sumó. Hugo, Claudio y Ezequiel discutían acerca de algunos de los conceptos de Ken Wilber. Me pareció sumamente interesante el integrar los arcanos del tarot y su mitología, tal como Hugo hizo, dado que considero que hay disciplinas que conllevan sabiduría. Este también es el concepto Integrador del marco teórico-práctico de lo que Wilber transcribe en su bibliografía. También se habló de Gurdieff, Nietszche, Watts, Jung, Freud (desde la crítica de Wilber al mismo en El Ojo del Espíritu), la Iluminación desde el Zen, entre otros. Participé sobre todas las cosas como escucha dado que estaba aprendiendo; ésto me permitió, también, observar y observarme.

Los tres estaban, en un principio, sentados en triángulo. Las miradas iban, cuando tomaban la palabra, a enfocarse en todos los allí presentes, sin distinción; esto me hizo sentir participante activa de la charla. Clarisa, que estaba entre Hugo y Claudio, se adormeció, estaba agotada y en un mal momento, al rato se durmió y Claudio cambió de lugar sentándose frente a mí, entre Ezequiel y Hugo. La charla culminó a las 23 horas. Y estuvo a punto.

Me puse a terminar un aviso para el Centro, aparecerá en el programa de la revista Uno Mismo en el evento del Jardín Japonés, todavía revolucionada internamente con lo sucedido. Necesitaba un espacio propio de silencio, estar conmigo a solas unos momentos, saborear todo lo nuevo que estaba descubriendo. Creo que ahí aprendí a compartir. Pero eso es para otro cuento.

(1) Las estrellas que contenía la figura de luz, en su parte central, se alineaban y resplandecían más en los chakras que distinguí luego, al recordar el momento.
(2) Al releer recordé que al momento de la meditación de Osho, desperté al otro día tomando conciencia por primera vez de mi género femenino. Soy una mujer, me decía maravillada frente al espejo.
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